Sobre el libro: Martha Guzmán y Rolando Alvarez, Japoneses en Cuba, Fundación Fernando Ortiz, serie La Fuente Viva, La Habana, 2002.
De la crítica, transcribo por su interés y capacidad de síntesis, algunas notas del estudioso cubano Emilio Ichikawa.
"Los vínculos culturales entre Cuba y Japón anteceden a la implementación de fenómeno migratorio. Suele fijarse su inicio hacia el 23 de Julio de 1614, cuando hace una escala de tránsito en La Habana una delegación en la que destacaba el samurai Hasekura Tsunenaga. Más tarde, en 1881, se conoce la llegada a la isla del botánico Minamigata Kumakusu; pero lo que suele asumirse como fecha de llegada del primer inmigrante japonés a Cuba, que es a su vez lo que se celebra oficialmente, es el 9 de septiembre de 1898, cuando arriba desde México el vapor “Olinda”, con un japonés a bordo quien fue reportado a las autoridades con un nombre español. Ese evento fija el comienzo de una llegada más regular de japoneses a Cuba. [...] La presencia oficial de japoneses en Cuba en calidad de inmigrantes aperece por primera vez en el censo del año 1899, que confirma la presencia de 8 japonees, entre ellos una mujer. Al parecer estos primeros japoneses llegaban de terceros países, y no necesariamente de Japón. La ruta más usual incluía escalas en San Franciasco, Mexico y Panamá. En su libro, Alvarez y Guzmán dan cuenta del aporte japonés a la cultura cubana; en el arte de la pesca, en los deportes (particularmente el judo y el beisbol), en la comida, en la agricultura. Mencionan algunos nombres sobresalientes. En esa galería lo más me llamó la atención fue la referencia al botánico Kenji Takeuchi, por formar parte de unos recuerdos de infancia. Takeuchi, un importante floricultor que llegó a tener reconocimiento internacional, fue uno de los creadores del famoso orquidiario de Soroa, en la occidental provincia de Pinar del Río. Durante fines de los años '60 y principios de los '70 mi madre me llevó a verlo algunas veces a su finca del Wajay, en la que podía encontrar dulces y caminar entre exóticas orquídeas. Mi padre había dejado en Bauta unas extraordinarias orquídeas malvas, las más conocidas en Cuba, que florecían anualmente en un número que podía rebasar el centenar, haciendo del tronco del naranjo donde vivían un espectáculo global que incluía a abejas, zánganos y mariposas. Las orquídeas de Ichikawa eran, no obstante, muy modestas comparadas con aquellas de Takeuchi, algunas de las cuales estaban sembradas en tierra rara, pudiendo mezclar el negro intenso con un centro rojo, un espectro de media decena de morados, o la corona de encaje blanco centrando un fondo amarillo. El libro Japoneses en Cuba hace merecida justicia al trabajo de Kenji Takeuchi, en quien comprobé una compartida costrumbre por llevar los pantalones recogidos hasta la media pierna, y esa capacidad para profesar una risa severa, amonestadora y condescendiente, que es un enigma para muchos de nuestros compatriotas".
Una de las maravillas que alberga la Sierra del Rosario, en su orquidiario de Soroa.